Nuevo Bachillerato Universitario: ¡Andy Warhol vive!

Por: José Arsenio Torres

3 de mayo de 2003

Cada vez que una civilización ha madurado una interpretación intelectual del mundo, ha organizado su educación para habilitar a sus jóvenes para ejercer con proficiencia las destrezas y las artes relevantes a la concepción del mundo, en términos de sus visiones y saberes. Las dos primeras escuelas de educación sistemática en la historia de Occidente las organizaron y dirigieron en la antigua Grecia Platón y Aristóteles. Para todos los auténticos académicos, intelectuales y universitarios –interesados en la preservación, continuidad y renovación de las ideas– esas siguen constituyendo las fuentes de cultura que a pesar de todas las transformaciones históricas y sociales, inspiran el concepto de la universidad como universo de saberes y métodos intelectuales.

Nadie negará, y menos quien esto escribe, que el mundo occidental ha sufrido vastas transformaciones en el casi milenio y medio desde los diálogos socráticos en torno a la Academia de Platón y las lecciones rigurosas de Aristóteles en su peripatético Liceo. Nadie debe negar tampoco que los grandes movimientos sociales e intelectuales del mundo moderno se han basado en una retoma de la continuidad con ese mundo griego, romano y renacentista, hasta la ilustración del siglo XVIII, y que las transformaciones posteriores han sido más bien de tipo sociológico, de la economía y sus formas de producción y sus relaciones de producción y mercadeo, con sus colorarios de comunicación y tecnología.

Cuando estalló el espíritu renacentista en Europa desde el siglo XIV, la primera prioridad fue la de restablecer contacto y continuidad con la herencia intelectual y cultural de Grecia y Roma. De ahí las academias de Lorenzo Valla y Marsilio Ficino. El siglo de la llamada “ilustración” no fue otra cosa que la culminación de la agenda renacentista: el hombre, la naturaleza, la razón, los derechos humanos y civiles como fueros naturales. Las universidades respondieron a esa gravitación intelectual: las ciencias, las artes, y las tecnologías que éstas iban produciendo. El antiguo y medieval currículo de gramática, lógica y retórica –el trivio–, y las entonces llamadas artes que completaban el currículo liberal –música, aritmética, geometría y astronomía– se fueron convirtiendo en lo que hoy llamamos las humanidades y ciencias naturales, con las ciencias sociales como producto de la nueva sociedad mundial, más numerosa, más compleja, más tecnificada y más interdependiente en sus partes nacionales y mundiales.

El siglo XX produjo un fenómeno científico y cultural quizás inevitable, y en sus consecuencias culturales destructivo: el especialismo científico primero, y luego su precipitado económico, la tecnificación atomizante, que ignora o desprecia –porque desconoce– la necesidad de una unidad o integración intelectual que le dé sentido al todo histórico, cultural y social. Sin ese imperativo de síntesis, la cultura, la universidad, el currículo, se vuelven quincallas de intereses personales o grupales, y el saber y la cultura, como las llamaba Max Scheller, se tornan reguerete y batea de galletitas de ciento en boca, con un curso para cada idiosincrático profesor, en ausencia total de estándares y de responsabilidades hacia el estudiante y el conocimiento mismo.

Por todo lo anterior, don José Ortega y Gasset llamó a todo el bachillerato universitario “la facultad de cultura”, sin cuyo efecto integrador en el estudiante le negaría la capacidad de decidirse por ninguna especialización particular, ya que los juicios desde la ignorancia son siempre juicios primitivos.

La dirección que en contrario van tomando las universidades del presente es la exactamente contraria: la universidad como “trade school”, en el mejor de los casos, y en el peor como escenario en el cual una matrícula ignorante –por eso van a la universidad– opta por disciplinas y cursos que no pueden conocer, sencillamente porque no saben, y porque las autoridades y profesores universitarios han claudicado su función de educadores y se entregan a la “dolce vita” de electivas triviales, inventadas ad hoc para complacer agendas individualistas. Así la educación universitaria se vuelve terapia emocional, en vez de cultivo de las capacidades, lo que siempre implica trabajo y dolor.

El contraste que hoy formulo se ilustra patentemente en la propuesta de “reconceptualización” –una palabrota altisonante para una chapucería académica– del bachillerato del Recinto de Río Piedras. Se trata de una propuesta auspiciada por un grupo de ayudantes administrativos de la Rectora de Río Piedras y del Presidente Padilla, para diluir el contenido académico del presente bachillerato –creado en 1943, revisado a lo largo de los años, complementado en 1995 por el Bachillerato General de la Facultad de Estudios Generales y natural objeto continuo de evaluación y cambios– en favor de un bachillerato concebido diz que para flexibilizar, diversificar la oferta, supuestamente en favor de los diversos intereses de los estudiantes. Esa es la retórica. La realidad es que la propuesta produciría la supresión de cursos ahora requisitos de inglés, español, matemática y ciencias, con los escasos que son en el conjunto de todo el bachillerato, en favor de cursos aleatorios, electivos, idiosincráticos, que algunos profesores interesan, porque en el fondo no les interesa el trabajo, el sacrificio de la enseñanza medular presente, que no está pensada para complacer a los profesores, sino para educar a los estudiantes.

Los ideólogos –podría decirse los demagogos académicos– de esta propuesta la defienden a base de un supuesto credo “constructivista” o “post modernista” de la educación universitaria a nombre del cual los estudiantes hacen, se inventan su propio saber. Como Andy Warhol pintaba “collages” de chucherías. No habrá responsabilidad. Se rechazan los estándares académicos. El profesor no evalúa, sino que es evaluado. La educación se vuelve “bull session”, tertulia, catarsis de la expresión. Eso, frente a un mundo nuevo que demanda saberes y métodos rigurosos, integración de perspectivas, saberes de síntesis adaptables al cambio: rigor, responsabilidad, evaluación seria.

Los proponentes de esta claudicación de lo universitario en la Universidad, en favor de lo fácil, del periqueo académico, son los mismos que en el Departamento de Educación propusieron rebajar los índices de exigencia en favor de estudiantes contentos. La Gobernadora prescindió de ellos allá, y reaparecieron con las mismas “reformas” en la Universidad. El estudiantado ha rechazado ese intento de diluirle la ración académica. Falta que el Claustro y la Junta de Síndicos nombre a un Presidente que se atreva a cumplir con su deber de liderato, porque quiere que lo quieran por unanimidad.