Abu María y Abu Pepe en la UPR

FUENTE: Fieles a la Verdad

Imagina a tus abuelos o bisabuelos—llamémosles Abu María y Abu Pepe—de regreso en la tierra por unas horas. Visitan la UPR-RP para sorprenderte y, como solían hacerlo, para echarte la bendición.

Luego de sobreponerse a la impresión de que, en vez de en el Primer Centro Docente, se les ha abandonado en una playa sin olas—una playa des-olada—a juzgar por las vestimentas, los bronceados, los jóvenes audifonados tirados tomando el sol, los tenderetes de comida y la música destemplada por doquier… te buscan en la primera clase.

Teatro. No has llegado. Escuchan a tu Profesor decir que su método de enseñanza predilecto es el uso de malas palabras porque con ellas se recuerdan mejor las cosas. Abu María recuerda la tunda que sus padres le dieron la única vez que osó decir ^*&!@. Sí lo aprendió de inmediato: no repetirla. El Profesor aprovecha para burlarse de la religión y de los religiosos. Advierte que no tolerará las caras indignadas ni retos de modestia a sus estilos, mientras lanza una mirada airada a la única joven que luce algún recato. Abu María y Abu Pepe, quienes ya han probado los Misterios, se escabullen hacia el siguiente salón.

Literatura. Falta la Profesora. “Pobrecita,” pensaron Abu María y Abu Pepe, “habrá sufrido algún percance terrible.” En sus cabezas labradas de candidez, fidelidad, y compromisos ineludibles, no cabía que alguien se ausentara porque “se me pasó la hora,” porque “me lo merezco,” porque “total, en la primera semana no se hace nada” o, sencillamente, “porque sí.” Como la Profesora. Como tú. “A la tercera va la vencida,” entonaron. Tú jamás faltarías a la clase de Música.

Música. El erudito en Historia de la Música ridiculiza la música gregoriana y los cantos del rito latino. Empapadas sus palabras de cinismo, concluye que no hay música mejor que otra. Una batucada de cuneta y una fuga de Bach son igualmente música. Abu María y Abu Pepe creían firmemente en la Belleza, confirmada ya en el Cielo. Huyen despavoridos hacia la Placita frente al Teatro, abriéndose paso por entre los jóvenes recostados a lo largo del histórico edificio—jóvenes con miradas imprecisas, nubladas, perdidas: unos fumando algo que huele a no sé qué; otros en la eterna espera.

Sentados ya en un banquito, sobrecogidos, Abu María y Abu Pepe. La mayoría—jóvenes y adultos—pasaba ensimismada, ajena a su presencia, con la vista fija en pequeños aparatos cuyas pantallas giraban sin cesar. Otros miraban a Abu María y Abu Pepe de reojo, insolentes, cual si fuesen despojos de huracán.

Abandonan su búsqueda. Regresan a su Feliz Morada. No los viste.

Tú estabas entre los tirados sobre los pasillos del Teatro. Estabas demasiado ocupado intercambiando selfies, memes y palabrotas con tu corillo. Ni siquiera te acordaste de tus clases. Ya les tomarás fotos a las notas ilegibles de tus compañeros. Te sentirás más que satisfecho con tu comienzo de clases. Total.

No los viste. A Abu María y Abu Pepe, que añoraban echarte la bendición, no los viste. Ellos no te reconocieron cuando huían entre el rebaño regodeándose en el Teatro. Así de cambiado estás.

Y pensar que gracias a Abu María y a Abu Pepe, a sus trabajos y sacrificios, ellos—y tú—están aquí.